El rey prófugo, de Portugal.

Sinopsis Breve:

SÍNTESIS Noviembre de 1807.

Las tropas napoleónicas al mando de general Andoche Junot invaden primero España y luego se dirigen a Portugal.

La Reina María I° de Portugal  y su hijo, el regente Juan VI° deciden embarcar a la Familia Real, príncipes, ministros, academias, ejército y demás instituciones ofiales a bordo de una flota británica que los conduce a la colonia del Brasil, huyendo de la invasión napoleónica.

La novela cuenta este cruce fantástico de un gobierno a través del Atlántico. En medio de la travesía, la Reina María enloquece, el Regente asume el gobierno mientras intenta expurgar la historia de Portugal de todos los documentos que delatan las fechorías de los antepasados, los dinastas de las casas de Borgoña, Avis y Braganzas. Un monje ciego venido de Anatolia, lo secunda.

Los académicos discuten en la bodega de la nave real qué puesto ocupa la Historia entre las ciencias. Una sibila profetiza en la última bodega de la nave maestra.

Se discute sobre los iluministas, cuyos libelos circulan de nave en nave.

Voltaire, Rousseau, Diderot, Adam Smith, David Ricardo siembran nuevas ideas en la corte.

En una de las fragatas cunde una epidemia de ninfomanía entre las cortesanas. Pescan una sirena en ultramar, el anatomista y el rey Juan acuden a ver el prodigio pero los espera una autopsia.

Hallan una isla que no figura en ninguna cartografía en medio del océano donde vive un ermitaño que duerme en una cueva, con un león.

Se hacen los preparativos para el estreno de una ópera escrita por Marcos Portugal que describe el viaje de un rey por el mar huyendo de sus enemigos. La ópera también se llama "El rey prófugo"

Un escritor argentino persigue al rey Juan con cartas desde una mazmorra, donde fue apresado.

Todo el viaje parece una locura, tal vez la delirante interpretación de la Reina madre. 

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CAPÍTULO UNO

 

 

LA  FE  DE LAS  ACTAS  Y  LA MALA FE DE LOS  ACTOS.

 

 

 

 

Yo, João María José Francisco Xavier de Paula Luís António Domingos Rafael, Regente de Portugal: escribo al porvenir tan incierto como el destino de esta travesía iniciada en medio de una ventisca.

Se inicia el viaje conmigo y a pesar de mí. Ahora que las intrigas de la Corte se cortaron solas, voy a iniciar mi propio viaje entelerido en el castillo de proa de la fragata “Príncipe Real”. Flotando por la mar océana que cruza el espacio haré mi propia expedición a través de los tiempos mientras en el predio acuático, punzante, la quilla va dejando un surco que el horizonte borra después dejándolo liso y llano. Llano y liso "como si nadie hubiese pasado".

Y ha pasado un rey.

Alea, jacta est[1].

 

He iniciado este cruce del Rubicón para separar la civilización que me llevo de la barbarie que dejo a mis espaldas, colmada de espíritus miserables que se la pasan soñando grandezas hechas con rapiñas y gatuperios. Sé que estoy haciendo la Historia porque ahora soy el eje sobre el que giran los acontecimientos. El corso Bonaparte quedó atrás, con toda esa comparsa de la canaille que lo sigue donde va. Antes que las canas, las hojas de laurel de su corona se avejentarán sobre la frente del nepótico Napo~león que colmó de parientes las cortes europeas. Un hermano acá, un tío allá, un primastro acullá, los tronos se han quedado con la buena parte del león. Cuando el embajador británico me advirtió que Napoleón Bonaparte me invadiría Portugal para repetir la triquiñuela que hizo a los Borbones en España, haciendo pelear al padre con el hijo para quedarse con la corona que puso sobre la cabeza de su hermano José Bonaparte, comprendí que debía poner a salvo a Portugal. No hay enjambre sin rey. Trasladando el gobierno a Brasil dejábamos a los invasores franceses el vacío. No podrán deponer a un rey ausente. Cualquier acción política se anula en sí misma agotada por el vacío de poder. ¿Pone un rey postizo? No lo reconocemos. ¿Depone al rey legítimo? No lo reconocemos. Todo acto político-jurídico carecería de legitimidad.  

Ya conocerá la fuerza que tiene la inercia en Portugal.

Después de la carnicería de la Revolución, en la Francia alguien tuvo que asumir el poder para acabar con las matanzas de los líderes revoltosos que se acusaban mutuamente de traición y hacían rodar sus cabezas en la maquinaria infernal que inventaron como patíbulo. Los del este contra los del oeste, los del norte contra los del sur, las matanzas no tenían fin hasta que el astuto militar tomó las riendas del Estado. No bien asumió el gobierno, se hizo coronar como emperador el insignificante pastor de Córcega, nacido en un pesebre de piedras resecas. Y empezó a necesitar un imperio, expandiendo los límites de Francia a fuerza de cañonazos y batallas. Únicamente nuestra aliada Inglaterra se le opuso con firmeza. Desesperado, porque presentía que su sueño de hacer suyo el Imperio Europeo, el hábil militar declaró el bloqueo continental de Gran Bretaña: ningún país podría comerciar con los británicos después de firmar el acuerdo que envió a Lisboa por medio de su embajador. El viejo plan del abuelo José de trasladar el Gobierno de Portugal al Brasil se exhumó del archivo. Y aquí estamos, al frente de esa expedición para dejar a Portugal vacía de poder y llevarnos el Gobierno al nuevo paraíso del Brasil, lejos de las acechanzas del emperador nacido pastor.

 

Me llevo la aristocracia para injertarla en las tierras nuevas, ya que éstas de Europa, de tantos tumultos, se han hecho viejas. Veo las estibaciones de la cadena montañosa de ‘La Estrella’ cada vez más rugosas y ásperas, como hechas de argamasa cenicienta que se hubiera plegado, encabritada por obra y gracia de tanta cabalgata yendo y viniendo desde los tiempos geológicos, ofendiendo y vengando; vengando y atropellando. Así la dejaron: provecta, senil; piel de Tisífone[2] agriada, harta de llamar a las puertas de la justicia para que atienda la traición.

Ya me advirtió el Almirante acerca de cierta declinación magnética que él supone producida por algunos picos almenados que hay en Caypan, cerca de Canudos, en el sertão del Brasil. Alguna imantación estrafalaria tendrán esas cumbres ya que, según dice el Almirante, hay ríos tortuosos atascados entre rocas y terrones que suben la pendiente en la estación lluviosa a contramano de las leyes físicas. Las aguas trepadoras curan las alunaciones, sobre todo la del río Bendegó que en su época de escala remonta su propio lecho como un salmón para el desove. Y es un prodigio ver cuando las aguas suben las laderas de los cerros como si desde la cima las jalasen espíritus invisibles.

En Portugal nunca tuvimos un prodigio así. Ni una sola montaña capaz de mover a contrapeso el escuálido cauce de un arroyo. Pero en el Brasil todo es maravilloso. Ya estoy sospechando que bien podría haber sido el Paraíso Terrenal que perdieron nuestros padres Adán y Eva, y ahora voy a rescatar combatiendo con una cohorte de mil ángeles armados con espadas flamígeras si fuera necesario. Brasil es mío. Lo que era el Edén de Adán ya lo perdieron los judíos por tanta curiosidad en la intimidad sagrada. ¡Querer saber más que Dios!

Yo no sé por qué no se contentaron con saber menos, ¿o acaso no sabían que saber es padecer?

Yo no sé si la vieja Europa nos decepcionó o nosotros desilusionamos a la vieja Europa; pero de ambos bandos estamos desencantados. La fuerza que mantenía la luz de la razón alumbrando un futuro perfecto se fue extinguiendo. Nada de progreso indefinido, ni de la luz de la razón entibiando la libertad humana. La luz de la razón se apagó el mismo día que comprendimos que Dios era solo una idea y despertamos en tinieblas. Los filósofos combatieron a Dios para comprobar cuánta falta nos hacía su orden y su eternidad.

 

Voy a devolver el árbol del bien y del mal, llevándome la manzana de la discordia política de la vieja Europa al Paraíso recuperado en el Brasil.

 

Ese monte magnético de Caypan me obsesiona; lo pienso continuamente, lo imagino imantado, cinchando hacía sí mismo;  bien podría  ser el resto de la Torre de Babel luchando todavía por alcanzar el cielo para elevar a las criaturas de las miserias[3] del destino humano hasta los pies de Dios.

“Acción es todo lo que vence la razón” decía el cordobés Séneca.

 

Mucho tiempo la política y la fe estuvieron amancebadas; ya es hora de divorciar la contemplación y la acción. Tal vez esa montaña mágica de Caypan, que es capaz de enrevesar el curso de un río, me sirva de Jordán para bautizar una nueva forma de poder en un mundo gastado por la servidumbre de las masas.

¿Qué es el Brasil hoy, que está dejando de ser colonia para ser sede sediciosa?

Hace unos años un hato de mulatos quisieron fundar su propia “República dos Palmares” entre los riscos de Alagoas en Brasil, huyendo de la guerra contra los holandeses y de las fazendas paulistas para alzarse en un inmenso quilombo levantisco e insurrecto, subversivo a más no poder, que tuvimos que sofocar a fuerza de cañonazos y bayonetas.

Brasil siempre fue fiel a sus dueños. Y eso está bien, es una forma de acatar las leyes que, si bien son tristes copias casi materiales de las eternas leyes naturales, ayudan a poner las cosas en su justo sitio.

Cada cosa tiene un lugar en este mundo. Trastocarlo es tarea tarada. Volverlas a su cauce exacto, es el trabajo del poder.

En cuanto a la administración del Estado, no hay trabajo más fácil en este complicado mundo de apariencias: basta con seguir escrupulosamente el Manual de Procedimientos Administrativos; cada minucia burocrática está debidamente consignada en ese vademécum de gobiernos.

 

Tierras americanas que antes eran fantásticas[4] ahora serán reales tierras. Con decretos, tratados de paz y amistad, cuentas de arriendos, correspondencia oficial, diarios de cancillería y partes de guerras vamos a documentar la fe de un nuevo reino. Ahora soy la historia y su amanuense. Y ya se sabe que toda historia es sufrimiento.

Cada cual haga su trabajo, que Dios hará el suyo, como decía el finado Gottfried Wilhem Leibniz.

 

"Laissez-faire" me susurra en el oído mi camarero, José Agostinho de Sousa, 2º conde de Linhares[5], ferviente lector de folletines progresistas malparidos del pragmatismo sajón. El conde siempre algo esconde y si no esconde, no es conde. El muy ruin merecería ser agitador de les brasnus en alguna callejuela empedrada de Saintes o Marsella, catequizando putas y marineros. Algún día estará tentado de tramar un atentado contra mí. Ya lo veo: inexperto, menudo e insignificante, con apenas veintitantos años y ya agachado sobre una mesa, acomodando las piezas y engranajes de algún artefacto fatal que soltará a medianoche el gatillo, haciendo su trabajo sobre mí para que todo parezca un accidente.

Mañana lo haré ejecutar, sin falta.

Sobre la almohada, del lado que debería usar mi esposa Carlota Joaquina[6], exiliada del lecho, dormirá el memorándum fusilatorio. Embarqué a Carlota Joaquina en la fragata “Rainha de Portugal” con el resto de mi familia desprolija para evitar que nadie perturbe mis pensamientos. Viajan conmigo en la fragata real solamente Maezinha y mi hijo Pedro el mulato, nonato por vía baja. Aunque, viniendo de esta sangre Braganza, quién sabe.

 

En cuanto al conde~camarero de Linhares no se puede quejar, ya vivió sus veinte años; considerando todos los no-natos que ni siquiera ven la luz y ya están pagándole el peaje a Caronte[7], podría sentirse agradecido de haber llegado a los veinte el muy malandra y ácrata. Madrugaré las intenciones del fullero anarquista. "Dejad hacer su trabajo al trabuco" ordenaré al pelotón. "Dejad pasar las balas". Y así se cumplirá la voluntad del subversivo contra su propia persona, ya que se pasa el día tarareándome en la oreja su ‘Laissez faire, laissez passer’. Tomará su medicina: remontándonos a la causa final del finado Aristóteles, él mismo habrá sido quien expidió la orden de su suicidio, digamos. Y lavémonos las manos de una vez en la jofaina de don Poncio, "qui tollis peccata mundi[8]".  El poder no admite tibios de corazón.

La epidemia gálica de barullos y sablazos les ha hecho creer de repente a las gentes que un sirviente también puede hacer historia. No hay quien, hoy por hoy, no se crea un Richelieu, un Cromwell, o un reformador político de la misma talla que el barón de Montesquieu.

No han comprendido que la mano oculta acomoda los tantos en el mejor de los mundos posibles únicamente si cada cual hace lo que le corresponde: el rey siendo rey, aunque lo invadan las mesnadas revoltosas de le peuple con el cornudo de Junot[9] a la cabeza, y el sirviente llevando bandejas y limpiando trastos, que para eso ha nacido.

 

Al escribir, fundo mi feudo. Con palabras, gobernamos a los hombres porque el lenguaje es el fundamento del poder y cuanto más duren las palabras, más fuerza tiene su poder, por eso escribo.

Escribo.

Tal vez será el protocolo de mi reino ultramarino, lejos de los acosos del Corso. Toda escritura está inventando continuamente un leedor. Diez, cien o mil como eran los ojos de Argos Panoptes[10].

Así, un solo acto se repite incansablemente de uno en otro, de diez en cien, de cien en mil. Poco importa el número. Inventar es invertir. "Ahora que me estás leyendo, me estás creando" me decía un viejo tutor por medio de cartas enigmáticas que recién ahora, montado en esta mar insólita, llena de toda soledad, empiezo a comprender. Y no era mendaz el cuento. A medida que las palabras iban conjurando un cierto sentido, la mente confundía lo escrito con el escritor. Y ambos estaban en silencio cuando me hablaban.

 

También te invento, leedor y tal vez lector o lectora.

 

Hagamos la historia antes que les sans-culottes con sus carmañolas nos la arrebaten para convertirla en historieta. La brújula ahora señala el rumbo de los acontecimientos que después serán registrados y re-escritos; mi historia se hace poniendo la inmensa mar océana de por medio; es un borrón y cuenta nueva en los saldos del mundo.

 

No hay caso: imposible descansar en este viaje. Cuando entorno los párpados un segundo, me bisbisea al oído el conde~camarero como un tábano zumbón.

—En la nave “Ribatejo” se ha descubierto un prodigio, S.M.

—¡No me diga! ¿Otro más?

—Vienen dos siamesas asombrosas, Esila y Caribdis.

—¿Cómo? ¿No he prohibido acaso embarcar monstruas, fenómenas  y endriagos cuando salimos de Lisboa?; ¿no ordené que se arrojaran al Monte Taigeto de La Estrella a todos los neonatos cojos, tuertos, ciegos, tullidos, deformes, macrocéfalos, bífidos, lisiados, orates, mancos y baldados de cualquier especie?

—¿Y cómo se ejecuta esa orden siniestra?—, pregunta el muy canalla[11].

—Está claramente indicado en el Manual de Procedimientos Administrativos, paso a paso—, le advierto—. Vamos a fundar un reino: la hez se la dejamos a Europa con la escoria de su emperador nacido en el pesebre de una isla perdida en medio de piedras.

—¡Son hijas de la marquesa de Aveiro, S.M.! ¡No iba a dejar abandonadas la madre a las mellizas por estar pegoteadas!—, dice~defiende~advierte[12] el muy contestatario y granuja del conde; después agrega, entusiasmado: —¡Viera lo inteligentes que son!, la que mira hacia el naciente advierte el porvenir, mientras que su par, puesta hacia el poniente, ya que están pegadas por las espaldas, adivina el pasado. Y si después las gira, es al revés, la que antes profetizaba después descubre la historia tal cual fue. ¿Sabe lo que predijo Esila cuando vio el amanecer en el alcázar de proa? “La tierra adonde vamos es puro fuego”. La madre, la marquesa de Aveiro, que ya entiende cómo funcionan las videncias la dio vuelta, ¿y qué ves, hija en el pasado?, le preguntó mientras la doncella, recostada contra la amura, ponía los ojos en el  crepuscular marino. “La tierra de donde venimos es pura sangre” respondió la niña duplicada. Caribdis dormía atrás y era de ver cómo la pobre se esforzaba por llevar tan pesada cruz de carne y huesos arrastrando atrás, como su sombra. Porque ésa es otra condición, S.M. jamás las verá despiertas a las dos, una duerme mientras la otra vela. Hay quien dice que las adivinanzas de la vigilante no son más que los sueños de la dormida. El doctor Vitalio di Siena las examinó. Diz que los dos cuerpos comparten una única matriz pero todo el resto lo tienen separado. Digo yo, sapientísima majestad, —me insta, poniendo cara de intrigado—, ya que los sexos están separados y cada una puede tener cópulas por su cuenta, en caso de embarazo, ¿de quién será la criatura?

—Que adivinen ellas, —respondo—. ¿No era ese su oficio?

—Yo no sé. Sólo sé que no sé nada, —termina diciendo el muy atorrante y se escapa por la escota.

 

 

 

Voy a fundar Brasil.

¿Qué hay ahora? Una colonia. Menos que nada.

Gentes que obedecen un poder satélite, sin determinación propia: autómatas como los mecanos que articulan en su taller de física el profesor Spallanzi de Nuremberg y su secuaz Coppelius[13]. Manadas humanas. Rebaños rebuznantes incapaces de inclinar un ápice el curso de la Historia porque un millón de esas almas desalmadas no tienen más fuerza que un solo puño mío. Yo voy a torcer para siempre el destino de Brasil. Si ayer fue potencia, mañana será acto.

Una vez que pise el suelo selvático haré retroceder la prehistoria hasta la última caverna neolítica que encuentre en el macizo de Goyaz, o entre las sierras Grande y de Atanasio de Acarú. O entre los pisos de los taboleiros de Geremoabo. O por allá, por Poço de Cima. Alguna caverna perdida por el finado Platón albergará a la mitología amazónica para dar lugar a la creación  del nuevo Brasil ex nihilo[14] que desde su nacimiento ya no se reconocerá en las sombras chinescas del paganismo social de los nómades y selváticos, proyectando contra el fondo cavernario sus figurones de teatro chino. Tribus enteras estuvieron esperando el dedo civilizador.

¿Qué hicieron, mientras tanto?

Nada.

Pintarrajearse la cara con untos de color azabache y llenarse de plumas las cabezas para patalear sobre la tierra al ritmo de tambores, como hacían nuestros tatarabuelos del Neolítico. Desde que salieron de las aguas del carbonífero no han hecho más que rascarse las axilas y aplastar liendres esperando que los dioses les sean propicios.

Bárbaros.

Nómades.

Reducidores de cabezas con las mentes encogidas por el sol del trópico. Malos salvajes que ni Jean Jacques querría como buenos vecinos de su aldea de Bossey.[15] Fundar es fundir. Lo demás es confundir. Embrollar las explicaciones que si había o no había, que si fue o no fue, que dimes y diretes y cuentos de comadres entrometiéndose entre los pilares de un pueblo. ¿Qué peso de la verdad podrá soportar una nación cuyos cimientos son habladurías de gentuza sin linaje ni identidad? ¿Quién puede creer seriamente en una sociedad de indígenas, que ni siquiera saben fabricarse un lienzo para cubrirse el culo? A veces, es necesario escoger el mal menor y salvar la mayoría. El bien de unos siempre significa el sufrimiento de otros, escoger qué cuál en cada caso es la razón del poder por el poder de la razón. ¿Quién no sabe que toda historia es sufrimiento, a fin de cuentas? Me llevo el progreso cuando Europa va de regreso a la barbarie y ése mal será el bien que traslado.

Voy a fundar el Brasil. La colonia será mi corona.

 

Viajo en compañía de miles y miles de años de estudios de toda cosa que es capaz de conocer la mente humana. Viajo disimulando. He abarrotado las bodegas de la fragata con los cien mil volúmenes más preciosos de la Biblioteca Real de Ajuda. Bajo y consulto, subo a cubierta con lo que he descubierto para ponerlo a la intemperie. No hay como la luz de la verdad para vencer la ignorancia, decía el maestro Frei Manuel do Cenáculo. Si la verdad está hecha de  luz, al sol la expongo. En la ordalía del cabrilleo marino vuelvo a leer el porvenir: el poder del Corso se quedará fatalmente sin comparsa. Más tarde, o más temprano, el carnaval terminará  en pascua rusa.

“Quien no sabe ocultar, no sabe reinar” había escrito el disoluto de Maquiavelo, no sin razón, al príncipe sin principios Lorenzo de Médicis.

 

Desde que asumí la Regencia de Portugal decidí fingir algún grado de idiocia que los idiotas aceptaron sin términos. Hago como que no entiendo cuando me detallan créditos, empréstitos, gastos, balances, debes, haberes y deberes. Obligo constantemente al confidente a reiterar sus rendiciones de cuenta; ante la menor variación, huelo la estafa y si la falta es grave le cobro con la vida la diferencia.

Siete administradores ya han sido fusilados en secreto, sin hacer demasiada ostentación de decencia. Sin barullos, con un billete donde figura el estraperlo, la defraudación, o el desfalco comprobados envío al fulano al Tribunal de Radamanto, Eaco y Minos a rendir la última cuenta en la patria de Hades[16].

Al último, el vizconde Caetano Moniz Garçía de Évora, hubo que someterlo a tortura para conseguir la confesión. Hombre envalentonado y fullero, el vizconde negó los cargos cosechados pacientemente durante tres años por el Fiscal de Cuentas del Estado. Negó haber firmado lo que firmó, pero la letra traiciona cualquier convicción y no sabe distinguir si es buena fe o mala fe. Los documentos se iban acumulando uno a uno al lado del reo, formando una pila que nunca menguaba. Bien, don Caetano, le dije, cuando la columna de calumnias que el fiscal amontona a su derecha superen la línea de su cabeza, algo me dice que habrá que hacer algún corte. O cortamos con la verdad, o cortamos la cabeza. ¿¡Qué!?, saltó de su asiento estirando el pescuezo para facilitar más hilo a la madeja de la Parca[17].

Un ojo se desvió hacia la parva de hojas de rédito, y el otro hacia mí, como suplicando. Más se apuraba y más largo se le hacía el cogote creyendo prolongar la hebra de Cloto, la Parca cuya mirada ausente está siempre en el presente. No quería que se cortara el hilo de su destino. Le propuse un canje: conservar su cabeza entregando la de su hijo menor, un brillante y destacado estudiante en la Real Academia. ¿¡Cómo!? Volvió a saltar~decir el vizconde bizco. ¡Si es mi hijo predilecto!, no tiene culpa alguna. Y bien, ayudé razonando a su lado, ya que el estiramiento yugular seguramente dificultaba el flujo y reflujo de pensamientos, Dios también ofreció a su hijo inocente de toda maldad para purgar los pecados mundanos. Le ofrezco el mismo negocio. ¡Por favor, Su Majestad! Imploró como si yo fuese el Sagrado Corazón de la Iglesia del Divino Redentor de Lisboa. ¡Prometo devolver céntimo a céntimo todo el faltante, si es preciso con mi vida! Justamente, don Caetano, eso mismo es lo que le estoy proponiendo desde hace una hora.

El verdugo lo decapitó mientras él rezaba: “y líbranos del mal”.

Yo lo libré de su propio mal, según sus ruegos.

 

En la oscuridad de la bodega, mientras la nave avanza dejando atrás el pasado, y en lo hondo, al resguardo del salitre, puedo leer los silogismos del Estagirita, las preguntas infalibles del viejo Sócrates, los conductos y nervios que descubrió Andrea Vesalius en los cadáveres, las distintas propiedades de los vegetales según Dioscórides Anazarbeo, el libro de Copérnico sobre las revoluciones de los cuerpos celestes que trajo más de una revolución en los cuerpos humanos. A la luz de una luna inmensa, y más la amarilla lumbre de la alcuza que me acompaña, los versos de Camoens, Francisco Quevedo, Petrarca, Virgilio y el Dante han conseguido que este infierno de la travesía tenga la música del cielo.

 

 

 

—Cuidado con lo que firma S.M., —me advierte el Secretario de Hacienda del Estado, Luís de Vasconcelos e Souza.

—Firmo lo que confirmo. Además, —le aclaro—, me conozco cada inciso del Manual de Procedimientos Administrativos como si fuese el catecismo reformado de Trento.

—Está bien, —reconoce mi Ministro—, pero las cuentas, S.M. son como una delicada tejedumbre de acero que cuela el paso de los evasores pero aprisiona para siempre a los dispendiosos. Fíjese —con todo el respeto que merece su ilustrísima persona— cómo terminó su padrino, el finado don Luis XVIº de la Francia[18], —me aclara el estíptico Secretario de Hacienda, haciendo cuentas hasta de los cuentos que circulan por ahí, aventados por la canaille carolingia.

Reservado como un jansenista, cuenta cuentos ajenos pero de él no larga prenda, ni hay quien lo sorprenda en la tarea de poner doble llave al gabinete íntimo.

—No se puede gastar más de lo que se recauda S.M., —me bisbisea como quien quiere justificar un crimen que no cometió.

‘Avaricia es vivir sin nada por querer todo’, como bien lo sabía el vizconde Caetano y yo tendría que recordarle, pero ni un rábano entendería D. Luís.

Sus manos delgadas y huesudas como tentáculos de momia escarban entre los papeles de un roído cartapacio buscando mis "Debe" siempre más hacinados que mis "Haber" que nunca parece haber en demasía. Yo le diría que hasta una madama de burdel sabe que no puede gastar más de lo que gana, aseguro como al pasar, antes de firmar el presupuesto de gastos vencidos que me tiende. Se persigna a escondidas, el tiñoso Secretario de Estado en estado de vigilancia. Hombre de comunión diaria, dicen las malas lenguas, D. Luís jamás pronuncia un dicterio ni una bufonada. Aprendió las artes de la solemnidad en la corte castellana cuando fue embajador, y desde entonces guarda su castidad como si yo se lo exigiera, dicen las buenas lenguas, ‘como los oros de mi tesoro’. Lo gastado, al pasado, comento. Rasguña su cruz el pío aunque cicatero Vasconcelos. ¿Lo de Vasconcelos vendrá de "celos vascos" por las reales divisas? afirmo, no pregunto como hace pensar el tono agudo hacia el final de la frase.

Váse el Secretario de Estado con su estado de mal humor. El álgebra contable le ha deparado balances deplorables  en esta desdichada cosecha 1807. Con un gobierno en jaque mate hubo que aprovisionar la flota para cruzar la Corte por el Atlántico. Gastos de mantenimiento reflotaron como si los astilleros hubiesen vacado desde los tiempos del protopariente Enrique el Navegante.

—Las barcas, S.M. necesitan reparaciones, —me advirtió entonces el ingeniero Xavier Alves de Faria, hombre acuoso y fofo pero feroz a la hora de restar las rentas; el comodoro del Astillero Real siempre habla restregándose las manos.

—Empezando por un buen calafateo—.

Por una comisura le resbalan gotas de baba, casi invisibles bajo el hueco que dejó el  habano que ya ha untado los labios de un color castaño sucio antes de su retirada.

—Hace falta reaprovisionar algunas velas, el flechaste del galeón principal, toda la impedimenta defensiva, —tose el taimado, ahuecando la mano para atajar el tufo de sus bofes ahumados.

Cuando pido precisiones, el muy usurero me tiende una ristra interminable de arneses, petos, espingardas, aljabas, partesanas, chuzas, para no hablar de la artillería y sus entelequias químicas.

Este mundo de expertos nos hace inexpertos.

 

Hasta las vergas hubo que vestir con paños nuevos. Sábanas y mantas me fueron confiscadas para zurcirlas al pujamen de cuadras y cangrejas deshilachadas. El vestido de novia de Maezinha, blanco inmaculado, de la mejor seda de satén y brocadillo de Lucca, terminó flameando en el contrafoque. Pienso refundar la historia, aunque veo que  el Secretario de Estado de Marinha e Conquistas me urge.

—Andoche Junot tiene las tropas napoleónicas haciendo ejercicios de imaginarias esperando la orden de invadir Lisboa, señor.

—Que siga imaginando, el pretendiente a duque de Abrantes; que use la cabeza para algo más que para tocarla con tricornios emplumados; aunque bastante trabajo le dan los cuernos que su esposa le renueva cada verano cuando descansa en la Picardía, la picarda pícara.

—Está acechando, señor, espera la orden del Bonaparte para iniciar la invasión a Lisboa.

—Cueste lo que cueste, busquen un sitio seguro para trasladar el Real Archivo, sin él no me moveré de Portugal, —ordeno.

—¡Ni  ratas quedaron entre la cubierta y la quilla, colmada la bodega de tratados e incunables, S.M.! —se queja el pillastre de Joel Monzón, gaditano tirando a gitano.

Chupa continuamente aire entre los dientes que le faltan a la boca filosa, siempre propensa a responder lo que no se le pregunta. Los brazos carnudos se erizan con pequeños volcanes en los poros de los vellos, y las venas le encharcan la cara pletórica cuando reclama mi mesura. Ha cargado sobre el lomo,  yendo y viniendo como una hormiga, miles y miles de volúmenes de la Real Biblioteca de Ajuda y todavía no aprendió que sin mí, la historia no se mueve. Ni yo daría un paso adelante sin los documentos oficiales. La carga del pasado es el lastre del futuro si no está a buen resguardo. Durante la travesía revisaré uno a uno los decretos y oficios. Puedo adulterar la real historia con la historia de los adulterios reales.

 

 

[1]La suerte está echada” no quemando naves como Hernán,el Gran César prefirió cruzar un río sin naves: ecuestre, cimbrando los gonfalones de sus victorias gálicas, entró en la vieja tierra de sus antepasados tomando posesión del pasado con un ojo en el futuro. El tiempo, que a todos nos hace perder la razón, a él se la acrecentó. Cosas del tiempo, que se toma sus caprichos, como todos.

[2] Estas antiguas Erinnias se jubilaron tratando de resolver los entresijos de mi linaje. Avis rapaces como aves de pico ganchudo y Braganças sin bragas han llenado catafalcos y mausoleos con sangre azul, impregnando las aguas del Sado y del Tajo con sus vicios sádicos.

[3] “La miseria hace gente miserable”, me dijo en su lecho de muerte el fiscal Adolfo Bioy Casares.

[4] Leo las descripciones que de ella me hace el prefecto Euclides da Cunha en su informe: “Se desentierran las montañas. Repunta la región diamantífera en Bahía, reviviendo por completo la de Minas, como un desdoblamiento o una prolongación; porque es la misma formación minera que rasga las sabanas de gres y se elevan con iguales contornos alpestres en los acantillados que irradian desde la Tomba.. Se está en pleno agreste como la llaman los lugareños: pequeños arbustos sin arraigo casi sobre la tierra escasa, de ramaje enmarañado, de donde irrumpen aislados cereus tiesos y silenciosos, dando al conjunto la apariencia de una orla del desierto. Y el aspecto de aquel sertón inhóspito se va dibujando lenta e impresionantemente...” (Los sertones, ‘La tierra’).

[5] No es feo el 2º conde de Linhares: alto, delgado pero sólidamente provisto de músculos que trepan desde el tórax al cuello y desde el cuello a las mandíbulas otorgándole cierta tensión continua al rostro triangular terminado en una barbilla partida en dos, como la de los embusteros profesionales. Tiene la boca ancha, lista para sonreír a pleno; nariz recta y ojos entrecerrados y brillantes

[6] Para hablar de mi esposa, la renga Carlota Joaquina, más brava que mil húsares, no basta un apartado. Todos los tomos de la “Summa ateológica” de algún aquinate no bastarían para retratar siquiera ligeramente una personalidad tan contradictoria. Basta con decir que parió un Miguel rubio y un Pedro mulato; y que Caín y Abel eran íntimos camaradas al lado de mis cachorros belicosos.

[7] Cuando me quería dormir, el Aya Idalina me contaba las hazañas del barquero Caronte bogando por la Estigia para cruzar las ánimas, livianas de cuerpo pero pesadas de pecados a “la otra orilla” de la muerte.

¡Quién sabe hasta adónde no arrastramos las locuras de los demás!

[8] “Que quita los pecados del mundo”. Nunca comprendí cabalmente ese canje divino y la duda que estaba en el fondo saltó cuando mi conde~camarero que es un fanático y vehemente sacristán de los iluministas me preguntó: ¿cómo es posible que un padre que esté en sus cabales haga matar a su único hijo para perdonar algunos delitos del vecindario? ¿Desde cuándo un crimen  limpia otro crimen? No sé por qué se me ocurrió responder ‘sucede que después resucitó’ dije como al pasar. Nunca murió, me corrigió el muy relapso y hereje. Con la misma voz insidiosa que la serpiente a Eva empezó a devanar su catecismo silogístico. Dios es inmortal, ¿no es verdad? Bien, Cristo es Dios según declara a los cuatro vientos la Iglesia. Ergo, es inmortal. ¿Quién murió en la cruz entonces? Oblicuamente le hice ver que, siguiendo ese mismo camino, él llegaría rápidamente a su propio Gólgota. Lo único que me faltaba era un secretario sectario que me malquistara con la Curia.

[9] N. de A:  Andoche Junot (1771-1813) militar francés y duque de Abrantes desde 1809.  Napoleón Bonaparte lo ascendió de sargento a general y duque de Abrantes después de comandar la primera invasión a Portugal donde había estado como embajador en 1805 con su esposa Laura Junot, duquesa de Abrantes y escritora de unas “Memorias” que retratan la época. Fue derrotado por el ejército anglo-portugués en la batalla de Roliça. Después fue gobernador de Iliria durante la campaña napoleónica a Rusia. Terminó suicidándose.

[10] Soy más modesto, con dos ojos me conformo: para lo que hay que ver.....

[11] Las mordeduras más venenosas son las del calumniador, entre los animales salvajes y las del adulador, entre los animales domésticos: Diógenes ya lo dijo. Y era cínico.

[12] Como las monstruas, las palabras también necesitan estar pegoteadas; hay situaciones difíciles de describir porque un solo término escuálido no alcanza para precisar una actitud humana, ¿qué habrías pensado, lector, si sólo estuviese escrito ‘dice’? Pensarías que el bellaco del conde se limitó a hablar, pero ya habrás notado que no sólo habló, también dijo cosas, se interpuso con su discurso entre lo que él considera justicia y mi poder real: respaldó la decisión de la madre teratológica y al mismo tiempo me previno acerca de futuras consecuencias de mis decretos secretos. Evidentemente, tiene los sesos ganados para la causa insurrecta y perdidos para la vida ordenada del Estado. Le haré memorizar íntegro el Manual de Procedimientos Administrativos. No hay como las reglas para enderezar la verdad.

[13] Según lo atestigua E.T. A. Hoffmann en sus “Contes fantastiques”.

[14] También Dios, según San Agustín, tuvo que hacer el mundo a partir de la nada. No sé adónde habrá metido el axioma de Parménides: “de la nada, nada” que lo desmiente.

[15] Siempre me resultó divertido pensar en un liberal reaccionario. Rousseau es un librepensador racionalista que desconfía de la razón. Si la civilización corrompe al hombre, ¿qué nos propone el cándido ginebrino? ¿Volver a la Edad del Bronce? ¿Al medioevo? La historia no recula, Jean Jacques. Si lo sabré en este momento en que estoy avanzando obligado por tu Razón que decapitó a un rey para coronar un emperador maniático.

[16] Se podría decir que antes que Hades raptara a Perséfone para llevarla al Tártaro donde se empinan los álamos negros, ya envié clientes a los jueces del infierno. A Radamantis, algunos esclavos asiáticos; a Eaco mis veniales funcionarios ladrones y como aún no habían escogido el juez para América, a los insurrectos de Brasil los mandé con una esquela para Minos.

[17] Puercas las Parcas, ¿por qué se dividen una tarea tan simple como medir el destino humano? Cloto que está siempre adelantándose hila la rueca devanando hilo para continuar nuestros suspiros; Láquesis es la única que vive el presente continuo, tiene la medida exacta de nuestra vida marcada en su vara avara; finalmente Átropos, que vive del pasado, blande las tijeras funestas que de un golpe cortan el hilo vital: se va nuestro último suspiro y adiós para siempre. No obstante cultivar con tanto ahínco el hábito del óbito, ellas viven felices porque son inmortales, ¿cómo podría morir la muerte?

[18] Se equivoca, Luís de Vasconcelos e Souza; mi real padrino fue Luis XV, no Luis XVI el relojero, cuya cabeza rodó sin que hubiera timbre que le avisara, cuando el cirujano José Guillotin afilaba la máquina infame. Mi real padrino Dn Luis XV  falleció tranquilamente de viruela en su lecho  de Versalles en 1744; baste decir que cuatro mujeres lloraron aquel día: su esposa, la anodina María Lescynska,  Jeanne Becu condesa Du Barry, la duquesa de Châtearoux y la inefable Jeanne-Antoinette Poisson, marquesa de Pompadour: "cuando los alcázares / llenó de fragancias, / la regia y pomposa / rosa Pompadour" Darío dirá: dirá Dios.

Autor/es:

Alejandro Bovino Maciel

Año de Lanzamiento:

2017

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