LA PASIÓN SEGÚN SAN ATEO -novela-

Sinopsis Breve:

5.

 

Soñé con la recomendación que me hacía la hermana Rosario cuando tenía unos cinco o seis años y por orden de mi padre, me habían depositado como pupilo en un internado religioso. Recuerdo el amargo sabor del terror pensando que me encontraba prisionero en un ambiente desconocido, con todas esas mujeres vestidas con hábitos oscuros, mujeres que continuamente musitaban oraciones, que se cruzaban gestos, miradas, códigos, desaprobando todo cuanto yo hacía, condenándome. De ahí provino mi aprendizaje del infierno.

Por las noches, en la cama, el miedo se me sentaba sobre las costillas, ni siquiera me permitía gritar para pedir ayuda porque me sofocaba; tuve que aprender el difícil arte de ignorarme como hizo tía Engracia, y me quedaba allí tieso, resollando y gimiendo en la oscuridad sufriendo no sé qué, desconociendo el origen de mi amenaza hasta que la única de aquellas sombras majestuosas vestidas de negro, la hermana Rosario,  me contaba que un ángel siempre me acompañaría. Me lo otorgó como un don. Un ángel guardián. Y cuando me sintiese desolado, solo tendría que implorar su ayuda y el ángel vendría solícito a librarme de los males y pesares.

La hermana Rosario era la única entre aquellas sombras que parecía tener vida, pero me recomendaba confiar en un ser invisible.

Cuando volví a soñar aquello sentí que, si estaba preparado para salvar los males del pasado, con el ángel de la guarda tendría la protección asegurada; bastaba rogarle para que me librara de todos mis enemigos tal como ustedes pretendían independizar el trabajo de los tabacaleros, pero monseñor Vicentín no era la hermana Rosario, Berti; es decir, sin quererlo la monja me sugirió implorar al ángel que me librara de mí, que soy el peor entre mis enemigos. Y ustedes se convirtieron en los enemigos de Vicentín, a quien no había ángel capaz de salvar en éste ni en el salvaje mundo de los tabacales.

 

Cuando decidí volver allá, a la casa del pasado, invoqué la presencia de mi ángel que aparecería con un relumbre transparente a cuyo contacto todo el aire resplandecería en señal de su dulce compañía. Una vez que lo hubiere tenido seguro a mi lado, le habría dicho: “hazte cargo de mis dudas, de mis mentiras, y mis miserias” e iría viendo cómo aquel aire luminoso de su presencia se iría enturbiando, a medida que el ángel iba asumiendo mis defectos, como quien carga una valija demasiado pesada y comprometida que agobia con su peso muerto. Eso me reconfortó un instante: significaba que la carga, la tremenda presión, también doblegaba la espalda de un ser superior y entonces, ¿cómo no aplastarme a mí como lo venía haciendo desde que nací, si a un ángel casi perfecto, lo dejaba desvalido? Malherido, mi ángel suspiraba bajo el lastre de mi pasado, al que yo volvía, libre de culpas e inocente.

¿Te imaginás Berti, un pasado inocente? En el reflejo pálido del aire que envolvía al ángel lleno de mis culpas, me fue más fácil divisar los dolores morales que me acosaron toda la vida. Siempre es más fácil ver los defectos en el prójimo, aunque el ángel en este caso fuera mi salvador, mi amigo más fiel; aun así el egoísmo seguía funcionando en lo hondo de mí, y la cobardía, las envidias, las roñas que me envilecen relucían como trofeos en el pobre ángel. Por eso decidí la excursión aquella, el viaje con César, seguro de encontrar en mi cuerpo las enfermedades de mi alma.

(Fragmento de la novela publicada por Editorial Servilibro, Asunción, 2019)

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Autor/es:

Alejandro Bovino Maciel

Año de Lanzamiento:

2019

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