EL ESCRITOR CANÍBAL Y LOS ENANOS

Sinopsis Breve:

Estas notas biográficas y bibliográficas se dedican a Eurípides, Flaubert, Herodoto, el canónigo Swift, Shakespeare, Dante, Ibsen, Bradbury, Cioran, Apuleyo, Sófocles, Camoens, Guimaraes Rosa,Stuart Mill, Da Vinci, Oskar Panizza, Octavio Paz, Apollinaire, Sarmiento, el Infierno, Túpac Amaru, Voltaire, De Quincey, Herodoto. No quiere el autor olvidar a quienes le otorgaron felicidad. 

En estas reseñas biográficas y bibliográficas he querido reflejar algún fulgor de la inteligencia que me deslumbró al leer las obras, los personajes, los temas y hasta la geografía de algunos parajes imaginarios, como el Infierno. El suplicio de Túpac Amaru, la investigación policial detrás del crimen de Edipo, la furia de un dios desdeñado, las tentaciones de Gustave Flaubert convertidas en pura poesía, la metamorfosis del asno romano Lucio, las arengas contra el fanatismo religioso de Voltaire, le crepúsculo del pensamiento según Cioran, la versión de la realidad del noruego Ibsen, el naufragio del poeta lusitano Camoens, los ingeniosos aforismos de Leonardo Da Vinci, las ironías de Diógenes Laercio y sus secuaces, son algunos de los temas y autores que pretextan estas pálidas páginas, amiga lectora, ingente lector. He dedicado al tema del Infierno el mismo tiempo que usan los clérigos en sus homilías, aunque sin abusar de sus tautologías. También Sarmiento, Octavio Paz, el enigmático sitio de un puerto y la prostitución como dilema ético, los aguardan en estas raídas páginas de un hombre decepcionado que no quiere decepcionar.

 

FRAGMENTO DEL TEXTO:

 

“LAS TROYANAS” COMO TRAGEDIA DE LAS GUERRAS COLONIALISTAS.

(Versión de J. P. Sartre)

 

Con “Las Troyanas” el humanismo de Eurípides alcanza una de sus cumbres.

El destino de las obras literarias es un poco aleatorio. Hasta que en 1965 Jean Paul Sartre estrenara la adaptación de la obra, “Las Troyanas” estaban relegadas a ser piezas de colección en los archivos de los helenistas. El estreno de la versión sartreana en plena erupción de la guerra del Vietnam produjo una nueva visión más crítica, creativa y actualizada de la obra de Eurípides. Otros textos, como “Ifigenia”, “Las Bacantes” y “Medea” jamás decayeron en su interés. Sin embargo, desde el siglo XIX y prácticamente hasta 1965 no hay sino menciones aisladas de “Las Troyanas”.

Más que cantar las glorias aqueas, al poeta le escarnia todo lo que anticipaba el colonialismo: apropiarse de un lugar lejano, destruir sus instituciones, rapiñar sus bienes, derribar sus templos, deportar sus habitantes como esclavos.

La obra nos instala en un clima de hecatombe y destrucción.

 

Después del largo sitio que duró diez años la astucia, (no el valor ni la fuerza) ha vencido con la ayuda del caballo de madera. Los griegos entran en Ilión o Troya arrasando sus defensas, degollando a los generales, asesinando a los hombres de la estirpe oficial empezando por el rey Príamo que muere acuchillado en el altar de Zeus doméstico.

Cuando se inicia la tragedia todavía retumban los ecos del peán guerrero y en escena se ven las secuelas de la guerra. Humo y destrucción son los rastros de su rostro. Ni un crimen mancha en escena la inteligente apologética de la paz como bien supremo, que el poeta, con mucho más ingenio que recursos mecánicos, expone a través de los hechos.

Hasta Sartre, sólo habíamos visto la destrucción de Troya como el resultado de las veleidades de la diosa Palas Atenea por no haber sido elegida en un concurso de belleza que tuvo como juez a Paris, el príncipe troyano. El episodio de las tres diosas es conocido: reunidas en una pradera del monte Ida completamente desnudas, danzaban una armonía para agasajar al príncipe extranjero Alejandro o Paris cuando apareció el dios Hermes enviado por la Discordia, trayendo en sus manos una manzana de oro “para la más bella”.

Paris (o Alejandro) escogido como juez del certamen para determinar cuál de las tres era la más bella pidió examinar a cada una por separado. A su turno, cada una trató de sobornarlo porque los dioses olímpicos, como los humanos, no son perfectos: Hera le ofreció el Asia si obtenía el trofeo; Palas Atenea le prometió triunfos militares que lo ayudarían a ser dueño del mundo, pero Afrodita, rozando suavemente su piel venida de la espuma del mar le prometió el amor de la espartana Helena, esposa del rey Menelao, hija de Leda y el dios Zeus que la inseminó bajo la forma de un cisne.  “Más suave que mi piel es la tersura de la hija del cisne: por lejos la mujer más hermosa que ha dado la Hélade”. El susurro dio resultado y Afrodita ganó la manzana mientras Paris perdió la paz de Troya, su patria, llevándose a la reina adúltera como concubina y arrastrando tras de ellos la ominosa guerra. La vengativa Palas Atenea confabulada con Hera, tramaron la guerra en el cielo. El esposo ultrajado Menelao y su hermano Agamemnón, los príncipes atridas, cumplen el destino en la tierra.

Tanto trasfondo doméstico de genealogías y adulterios nos hizo perder la visión del interés económico que motivó la guerra de Troya por el año 1250 a. de C.

Centro comercial floreciente, Ilión o Troya dominaba el estrecho de Dardanelos en la costa de la actual Turquía, y todo el tráfico comercial por el Mar Negro. Mucho tiempo se pensó que Troya y su guerra mitológica no eran más que invenciones de Homero, pero a principios del siglo XIX al cumplir ocho años, Henrich Schliemann recibió de regalo una Ilíada con brillantes ilustraciones del incendio de Troya (y su acrópolis conocida como “Pérgamo”) que ardió en la imaginación de aquel niño alemán hasta determinar el resto de su vida. Se consagró al comercio para reunir una pequeña fortuna y al cumplir cuarenta años embarcó rumbo a Grecia, para seguir reuniendo datos. Abasteció un navío con todo el instrumental de un arqueólogo y guiándose por los datos del poeta Homero, visitó la costa turca hasta dar con la colina de Hissarlik en Gallípoli. Compró la montaña semidesierta por monedas al gobierno otomano e inició las excavaciones. En 1872 empezaron a aparecer las murallas, templos, columnas, frisos y un deslumbrante laberinto de palacios y cámaras. Se habían descubierto las primeras ruinas de Ilión o Troya por obra de un poeta ático ciego y un alemán obstinado.

Eurípides, “el hijo de la verdulera” como lo injuriaba su colega Aristófanes, advierte que los hombres hacen las guerras y las mujeres las padecen. Muertos todos los héroes troyanos, quedan en pié la vieja reina Hécuba, las princesas Casandra y Andrómaca, y las demás cautivas que serán destinadas a servir como esclavas fuera de su patria en ruinas. Para no dejar rastros de resurrección en Troya, el consejo aqueo decide ejecutar al último príncipe troyano, el niño Astianac. La vieja reina abuela, Hécuba, arrodillada sobre su túmulo funerario reflexiona hablándole al muerto como hacemos desde los tiempos prehistóricos los hombres para negar la contundencia de la muerte: “Recuerdas que me decías: ‘iré a tu tumba, abuela, y te diré oraciones’ Y ahora tú no me entierras, sino que a ti, infeliz, una anciana sin ciudad y sin hijos te sepulta” . Nadie puede negar allí el oscuro eco de Herodoto de Halicarnaso cuando razonó que: “en la paz, los hijos entierran a sus padres pero en la guerra, los padres entierran a sus hijos”.

 

Estas “Troyanas” están conjurándonos contra la guerra, estrategia defensiva al principio de los tiempos, que poco a poco fue transformándose en plan de dominación, más sofisticado, más sutil pero no menos contundente que las que desató nuestra modernidad.

ALEJANDRO BOVINO MACIEL

 

Autor/es:

ALEJANDRO BOVINO MACIEL

Año de Lanzamiento:

2017

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